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Soledad Schott Gaete, psicóloga, Una profesional ‘Todo Terreno’

Esta psicóloga dirige el Centro de Psicología Aplicada (CEPA) de la Universidad de Talca, una unidad que se ha posicionado como referente en el ámbito de la Psicología Aplicada a nivel nacional y a la que llega después de múltiples experiencias en Chile y el extranjero con un denominador común: desarrollar proyectos, la mayoría de las veces, desde cero y en entornos más bien desconocidos para esta profesional. Soledad repasa en estas líneas parte de esa historia que ha estado llena de riqueza y contrastes.

Soledad Schott Gaete se define como una mujer inquieta y alegre, pero muy profesional y trabajadora. Una pizpireta, reconoce, que le ha sacado provecho a todos los momentos, lugares y oportunidades que la vida bondadosamente le ha ofrecido. Ahora, en plena madurez y en Talca, su ciudad de origen, disfruta de su hijo, familia, amigos y de un trabajo que la apasiona”.

¿Cómo recuerdas tu infancia?

“Soy la mayor de cinco hermanos, por parte de mi mamá tengo un par de hermanas mellizas y por parte de mi papá dos hermanos menores.

Mi infancia en Talca, con mi madre y dos hermanas, estuvo llena de contrastes. Por un lado, un entorno familiar y social muy machista, pero una madre muy progresista y visionaria, por el otro. Ella tuvo la lucidez de convencernos de que el mundo cambiaría y que nosotras necesitaríamos otras herramientas para desenvolvernos como mujeres y profesionales; procuró formarnos de forma independiente, con responsabilidades, autodisciplina y esfuerzo. Nos inculcó la importancia del aprendizaje, la lectura, pero sobre todo, el valor y la belleza de lo femenino. Y quizás lo más importante: aprendimos a admirar lo femenino y a potenciarlo en nosotras mismas, sin por ello dejar nunca de admirar también lo masculino. Por eso, también ha habido hombres influyentes e importantes en mi vida”.

 

¿Te marcó de manera especial esa forma en la que te educó tu madre?

“Por supuesto, era (es) una mujer muy exigente. Además, como soy la hija mayor, siempre tuve la exigencia de dar el ejemplo a mis hermanas.

Mi madre desde muy pequeñas nos exponía a desafiar el contexto, a relacionarnos, a no tener miedo. Un ejemplo es que me obligó a aprender a conducir a temprana edad. También nos respetaba, nos involucraba en las decisiones importantes del grupo, tomando en cuenta nuestras opiniones, lo que suele ser raro en la infancia tradicional de esa época.

Desde niña cuestionaba el entorno y me revelaba contra la figura patriarcal de mi abuelo que era muy potente, discutía mucho por el rol que teníamos por ser mujeres en casa y me molestaba tener que lavar los platos mientras mis primos, tíos y abuelo, por ejemplo, jugaban dominó. Desde ahí, quizás, surgieron mis primeros acercamientos a la temática de género.

Sin embargo, lo más importante de todo es que no había duda que ella nos quería y apoyaba muchísimo, hiciéramos lo que hiciéramos. Cuando cometí errores, no siempre tuvieron como consecuencias castigo y más de alguna vez solo fue parte del aprendizaje. No tengo duda que su forma de educarnos, más las propias vivencias, forjaron mi carácter”.

¿Y cuándo pones a prueba todo ese peso de la formación que te entregó tu madre?

“Me “emancipé” con 20 años. Decidí vivir mi vida en Santiago lo más independientemente posible de mi mamá y familia y para eso, conseguí trabajo como vendedora en una tienda del retail. Posteriormente entré a estudiar psicología en jornada vespertina. Al poco tiempo me ascendieron a jefa de tienda y a los 3 años ya era supervisora de todas las sucursales de Santiago y Concepción con más de 30 personas a cargo. Todo eso sin dejar de estudiar. Fue un inmenso aprendizaje: viví sola, era responsable desde mi alimentación hasta de pagarme la carrera. Desde ahí hasta la fecha ha sido un camino sin retorno del que me siento muy orgullosa. Podía hacerme cargo de mí en todas las dimensiones de la vida. Viví, estudié y trabajé 17 años en Santiago”.

¿Por qué psicología?

“Entré a la universidad con 17 años a estudiar derecho, desde el principio supe que no me gustaba, sin embargo, perseveré un par de años hasta que me di cuenta que definitivamente no era lo mío. Llegué a psicología casi por descarte, sabía que tenía que ser una carrera de las ciencias sociales que no fuera derecho ni periodismo. Me atraía la idea de poder comprender el comportamiento humano. Egresé dentro de los 3 mejores estudiantes de la Escuela, tuve la posibilidad de hacer las dos menciones, clínica y organizacional -una excepción-, e hice mi tesis de pregrado en género -masculinidad-, la que fue reconocida con un premio para ser presentada en un congreso internacional de psicoterapia en Buenos Aires. En ese congreso, nos escucharon unos mexicanos, quienes nos invitaron a Guadalajara a participar en un congreso de género y masculinidades. Sin saberlo, mi tesis era en esa época uno de los pocos estudios en Latinoamérica que abordaba la separación en varones jóvenes.

La psicología ha sido una de los mejores aciertos de mi vida. Mi carrera es una fuente inagotable de oportunidades, está presente en todos los ámbitos y es siempre un aporte”.

¿Cuál fue tu primer trabajo como profesional?

“Mi primer trabajo profesional fue en el Departamento de Ingeniera industrial de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, como jefa de estudios del MBA. Llegué de una manera muy curiosa: Una compañera de universidad vio un anuncio en el diario y envío mi currículo, ya que según ella yo cumplía los requisitos. Para mi sorpresa, me llamaron a entrevista y me contrataron. Fue un trabajo que me puso a prueba en muchos ámbitos, tuve que perder el miedo a las matemáticas -todo el trabajo era con números-, trabajaba con académicos y figura públicas connotadas a nivel nacional e internacional, y en un entorno masculinizado. Además, el trabajo era de gestión académica y no tenía experiencia en ello. Inicié el trabajo en el MBA – DII con objetivos muy desafiantes.

Por el cargo, tuve que viajar por Latinoamérica para hacer los viajes promocionales, lo que me permitió estar en contacto con otras realidades culturales y aprender a trabajar con ellas. Formamos un excelente equipo de trabajo e hicimos una serie de innovaciones en la gestión del currículo del programa, lo que se vio reflejado, al poco tiempo, en la mejora de sus indicadores de posicionamiento en los rankings, en la satisfacción de los alumnos y profesores y en el aumento de las matrículas. También, pude participar del programa de desarrollo de habilidades directivas en los diversos programas regionales. Sin lugar a dudas, fue la mejor escuela que pude tener para aprender gestión.

Cuando ya se habían conseguido los objetivos para los que me habían contratado en el MBA, el programa estaba bien, marchaba con velocidad de crucero y tenía proyecciones. Si bien estaba feliz por el éxito en la gestión, en mi fuero interno sentía que me faltaba algo: tenía curiosidad y necesitaba un cambio”.

 

¿Qué pasó en ese momento?

“Decidí renunciar e irme. Me matriculé en un programa de postgrado en Madrid, España. Una vez instalada y con un par de meses de clases, decidí hacer una beca (una práctica profesional) porque quería conocer el trabajo en España y porque, además, la paga me venía bien ya que me estaba financiando con fondos propios. Así fue como llegué a Hay Group, filial España, donde tuve la posibilidad de formarme en el modelo de competencias, hacer selección de personal y consultoría organizacional. Conocí muy de cerca la industria española.

Al año de trabajo, me ofrecieron contrato. Eso implicaba una tremenda oportunidad porque tendría permiso de trabajo en Europa, lo cual conseguí justo antes que, producto de la crisis económica europea, la empresa tuviera que prescindir de mis servicios. Esos momentos fueron muy difíciles, estaba en absoluta incertidumbre, quería trabajar en Madrid, pero al parecer todo indicaba que no sería así. La red del consulado de Chile y una amiga colombiana que era abogada me ayudaron con el papeleo, me inscribí en todas las websites de trabajos de España, fui a varias entrevistas, pero la situación era muy mala.

Al poco tiempo recibí una llamada del director de Vatel Business School, escuela de negocios de Hotelería y Turismo francesa quienes estaban buscando una directora académica para hacer la puesta en marcha de la sucursal en España. Vatel es una de las tres Escuelas de Negocios Hoteleros más importantes de Europa. Yo no hablaba francés, no sabía nada de hotelería y menos de turismo. Sin embargo, me contrataron, tenía ganas de ese reto. Tuve que aprender muchas cosas distintas -era chilena trabajando en España en un entorno francés-. En 5 meses junto con el director, tradujimos los programas de estudios, contratamos los profesores y abrimos las puertas con 17 alumnos. Cuando regresé a Chile ya eran 100, hoy son más de 200 y han abierto una nueva sede en Málaga. Estoy muy orgullosa de esto”.

¿En algún momento sentiste la necesidad de volver a Chile?

“Profesionalmente estaba muy bien. Pienso que el terremoto del 2010 fue una inflexión. Durante varios días no supe si mi familia estaba viva o no, eso fue muy angustiante. También los extrañaba, nuestra forma de ser (me refiero al ser, sentir, o vivir del chileno) y la tierra. Tuve la suerte de poder viajar desde que viví en España todos los veranos a Talca y en uno de esos viajes me comentaron que había un proyecto que me podría interesar. Era construir y poner en marcha un Centro de Psicología Aplicada en la Universidad de Talca. El Decano de su momento, me invitó a postular, envié todos mis antecedentes y gané el concurso. Regresar fue una decisión difícil, me sentía dividida, me gustaba mucho la vida que llevaba en España, pero sentía que mis afectos estaban acá. Al principio, me sentía viviendo en el siglo XIX, no encajaba, me sentía extraña, ajena y veía como se repetían los patrones por los cuales me había ido. Los primeros años no fueron fáciles. Ahora, después de 6 años, diría que ya estoy adaptada (risas)”.

¿Cómo ha resultado esta experiencia en la Universidad de Talca?

“La Universidad de Talca, es una excelente institución, estoy muy contenta de ser parte de ella. Además, el desafío profesional por el que me vine está orientado a la comunidad y eso me gusta mucho. Es una inmensa responsabilidad.

Por otra parte, hago docencia en pre y postgrado en la facultad de psicología y he podido contribuir con mis conocimientos de género tanto en la creación del protocolo de acoso sexual y discriminación arbitraria como en la política de género de la universidad.

La construcción y puesta en marcha del Centro fue el trabajo de una facultad completa, había en los colegas y en mí muchas ganas que se materializara. En estos 6 años el CEPA ya tiene infraestructura, programas de formación continua, convenios, asistencias técnicas y atención clínica, es reconocido a nivel regional y nacional. En la actualidad vamos por nuevos proyectos y desafíos”.

Te has puesto en situaciones de exigencia con proyectos que has tenido que echar a andar de cero con todo lo que ello implica, cosas buenas y malas, ¿pensaste alguna vez en abandonar alguno?

“Soy súper tozuda, diría, y eso me ha traído -con 42 años-, algunos costos personales y físicos porque me cuesta abandonar. Aunque lo pase mal, persevero, insisto; y a veces, pese a los cabezazos, sigo avanzando. Necesito cumplir los objetivos que me propongo, para mí es súper importante eso”.

Pero además te has puesto en situaciones que están fuera de la zona de confort.

“Es verdad y creo que la explicación tiene que ver con la historia más bien familiar. Esto de constantemente tener que adaptarme a cosas complejas, he sentido que salir de las zonas de confort me ha hecho crecer muchísimo. Quizás es una necesidad de probarme a mí misma. Sin duda, esto me ha permitido atreverme a cambiar, a reinventarme, hacerme cargo de mí, en definitiva, a crecer en lo profesional y en lo personal”.

¿Y esta inquietud sientes que a medida que van transcurriendo los años va disminuyendo?

“Es una muy buena pregunta. Yo pensaba que sí, pero me doy cuenta que no, pensaba que este iba a ser el momento porque estoy en Talca, el Centro funciona (está en marcha y con proyecciones), sin embargo, y por la misma naturaleza del CEPA, me permite ir mejorando, creando cosas nuevas y en eso estamos… trabajando para el crecimiento y desarrollo del Centro. Lo que sí es distinto en este tiempo de mi vida es la maternidad y Talca es un excelente lugar para criar. Todo está cerca, puedes almorzar en tu casa, además está toda mi red y eso facilita bastante. Conciliar trabajo y familia, cuando se tiene un puesto directivo o de gestión no es fácil, pero entornos como este lo facilita bastante”.

Finalmente, ¿cómo te distraes, te desconectas, te entretienes?

“Tengo rutinas bien establecidas. Hago Pilates, que me encanta, trato de ir dos o tres veces a la semana y eso me ayuda a mantenerme flexible a nivel corporal. Otra cosa que he descubierto ahora último es la fotografía con estos teléfonos inteligentes, incluso tomé una fotografía que me pidieron que fuese portada de un libro y ahora me pidieron otra. Me gusta cocinar, me relaja muchísimo y en la casa disfruto, además, porque cocino con mi hijo. En primavera y verano me gusta mucho andar en bicicleta. Leo libros que no tienen que ver con psicología necesariamente. Viajar, por supuesto, aunque sea ahora por periodos cortos, me conecta de nuevo con el cambio y con aquella Soledad que siempre se está renovando”.

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