Reportajes

Desde el colegio. Amigos por siempre

Desde el colegio. Amigos por siempre

¿Alguna vez te preguntaste cómo estará tu compañero de colegio que no ves hace mucho tiempo? o ¿te encontraste con alguno de ellos y te acordaste de tu época escolar? Probablemente la respuesta es sí. Estas mismas inquietudes fueron realidad para el Sexto A, B, C y D de Humanidades del ex Liceo de Hombres de Chillán, quienes, tras egresar hace más de 50 años, decidieron reunirse y recordar las clases, recreos y tantas anécdotas vividas.

Llegó marzo y con eso el comienzo de las clases para miles de niños en todo el país. Un inicio que involucra el reencuentro con los profesores, compañeros, cuadernos, libros, levantarse más temprano, entusiasmarse con el sonido del timbre para los recreos y todo lo que supone la rutina escolar.

Pero también están los que trascendieron esta etapa y dejaron sus pupitres para reunirse en otro ambiente. Estamos hablando de aquellos reencuentros generacionales, es decir, juntarse con los compañeros del colegio o liceo después de haber egresado.

Tal es el caso de la generación de 1967 del Liceo de Hombres de Chillán, hoy Liceo Narciso Tondreau, quienes decidieron reunirse luego de dejar hace más de 50 años la sala de clases. Para conocer su historia, me reuní con Héctor Aguayo, Néstor Caro y Moisés Retamal, con quienes conversamos sobre el sistema educacional, anécdotas entretenidas del liceo y mucho más.

Una época de cambio social

Durante las décadas del sesenta y setenta, existía la educación de primero a sexto preparatoria, luego los cursos de primero a sexto humanidades y, posteriormente, rendir el bachillerato, actual Prueba de Selección Universitaria, para seguir el camino de la educación superior.

Así fue para los alumnos de la generación de 1967, quienes vivieron una serie de cambios: “Nuestra generación se sitúa en los años sesenta y setenta, una época tremendamente importante porque se produjo una de las primeras revoluciones en el ámbito social, fue la época de la psicodelia, la droga, de la música, del rock”, comenta Moisés, quien es interrumpido por la emoción de Héctor: “¡The Beatles!”.

El contexto educacional, que venía de décadas anteriores de gobiernos radicales y laicos, era muy importante: “No estaba con las revoluciones, pero sí con algunos cambios sociales profundos y con la convicción de que la educación jugaba un rol importantísimo. Algunos de sus presidentes así lo declaró, hasta como eslogan, como fue el caso de Pedro Aguirre Cerda con su premisa ‘gobernar es educar’, la educación pública era prestigiosa”, contextualiza Héctor.

Entre ellos conversan que durante su estadía en el Liceo de Hombres se concentraban alumnos de distintas clases sociales, lo que daba la posibilidad de ver realidades diferentes, pero donde predominaban los valores compartidos, la amistad, la honestidad y el respeto, lo que permitía que estas diferencias sociales pasaran desapercibidas, primaba siempre el abrazo luego de meter un gol en la “pichanga”.

“Eso es admirable porque hoy no se da, había un deseo que todos fuéramos ojalá parejos, cuando alguno se quedaba atrás por distintas razones, salía igual incluido en los paseos y malones, amistades que incluso siguieron más allá de egresar. Nosotros egresamos en el año 67’, nos unimos a otros que egresaron en el año 66’ y 68’, y siguen los lazos con afectos muy vivos, potenciados por la madurez que da la vida”, explica Héctor.

Sexto C humanidades

Actualmente cuarto medio es el último año de la enseñanza escolar, antes este curso correspondía al sexto de humanidades. Han pasado más de 50 años, pero Néstor, Moisés y Héctor, aún recuerdan con gran entusiasmo a su apreciado Sexto “C” Biólogo de Humanidades, un curso compuesto por 20 hombres.

En aquel tiempo los colegios mixtos eran muy pocos: “Yo creo que una debilidad de la época fue que estaba muy marcado el género”, precisa Moisés, “hombres con hombres y mujeres con mujeres”, puntualiza Néstor. De hecho, al ubicarse el Liceo de Niñas frente al Liceo de Hombres, los recreos eran a distintas horas, ellas entraban todas las mañanas a las 08:30 horas, ellos a las 08:40.

Una anécdota de esta separación de género fue el coro mixto. El profesor de Música, José del Canto, junto a la profesora de Música del Liceo de Niñas decidieron unir a los alumnos y alumnas: “Nunca en mi vida había encontrado tantos buenos compañeros para el canto, en ese grupo había gente que ni cantaba en la ducha, pero eran súper puntuales. Yo fui uno de los que caí al coro mixto”, señala Moisés, mientras todos reímos.

Además del profesor de Música, los liceanos también recuerdan al profesor de Castellano, rector René Cabreras, un hombre siempre bien vestido, con ojos azules penetrantes y, por supuesto, con excelente vocabulario, quien pedía a sus alumnos pasar adelante de la sala para leer el poema de Mio Cid. Casi siempre pasaba “Pocholo” Acevedo, él era el que mejor leía.

A otro profesor que rememoran es el señor Torres y su anécdota peculiar. Cuando llegaba diciembre, los alumnos tenían que dar exámenes escritos obligatorios, no había eximición; si lo reprobaban, los estudiantes pasaban al oral ese mismo día y si fallaban, en marzo volvían a dar el examen. Hubo un alumno que quedó para marzo en Castellano y el día de la prueba se encontró en las escaleras del liceo con el señor Torres, quien le dice “¿Qué haces acá?” Él le contestó: “Aquí ‘venemos’ a dar el examen” y, tras la mala pronunciación del estudiante, el profesor le contestó: “Bueno, así como ‘venemos’, nos vamos”.

El liceo tenía una doble misión cuenta Héctor: “Preparar a la gente para la vida y también se empeñaba en que nos fuera bien en la universidad, había una preocupación, una entrega en los contenidos con algunas deficiencias en el acceso de información. Hoy obtener un dato demora pocos segundos, antes había que hacer fila para tener el libro o enciclopedia, que venía desfasada 10 años más o menos”, menciona entre risas.

Misión que se cumplió, pues de los 20 alumnos, 19 quedaron en la universidad y el vigésimo siempre quiso ser carabinero: “¡El ‘Negro’ Torres! Y fue carabinero”, cuenta Néstor. De los estudiantes, cinco son médicos cirujanos, un médico veterinario, un odontólogo, un ingeniero químico, un ingeniero forestal, un abogado, un sociólogo, tres técnicos agrícolas, un ingeniero agrónomo, un maestro, un profesor de Educación Física, un profesor universitario y un carabinero.

La búsqueda

Entre los 20 alumnos, estaba Luis Alberto Sepúlveda, el responsable de reunir a las generaciones del 66’, 67’ y 68’ del Liceo de Hombres. ¿Cómo comenzó todo? Luis Alberto vive en La Serena y, en un viaje al sur con su señora, se alojó en Chillán, un lugar con muchos recuerdos para él, entre esos su profesora de Música “Titina” Arratia, mamá de un compañero, Alejandro Franco, sociólogo radicado en Alemania.

Luis Alberto decidió ir a la casa de su exprofesora y le confesó que algo estaba incompleto en su vida, encontrarse con sus compañeros del liceo, ese fue el origen de la conformación del grupo. “Ahí se encendió la mecha”, indica Néstor, a lo que añade Héctor: “Fue un trabajo de hormiga, donde varios nos fuimos sumando y cada uno de nosotros fue capaz de encontrar alguno”.

En el caso de Moisés, un día recibió una llamada de Luis Alberto, quien le dice su misión e informa sobre el grupo de WhatsApp que había formado para reunirse, Moisés entusiasmado cooperó con la búsqueda de los compañeros, de hecho al que más le costó encontrar fue a Néstor: “Y yo nunca he salido de Chillán, ¡nunca!”, declara Néstor.

Mientras que Héctor, médico cirujano al igual que Moisés, por el hecho de pertenecer al mismo rubro siempre estuvieron en contacto. “Es una situación difícil encontrar a personas después de 50 años, siempre que llegaba al lugar no era… ¿Qué posibilidades tenía? Se había muerto, trasladado de casa, estaba viudo, se había ido a vivir con los hijos o estaba en un hogar. Esa es la realidad a la que uno se enfrenta”, comenta Moisés.

Por ejemplo, para ubicar a su compañero Reinaldo Luengo, tuvieron que contactarse con el “Flaco” Pérez, amigo de Luengo y que vivía en España, desde allá les envió el número de Reinaldo, ahí lo ubicaron. Fue un arduo trabajo que inició a comienzos de 2017, búsquedas por el Registro Civil, Registro Electoral, morgues, cementerios, casas de reposo, embajadas y casa por casa, todo para lograr el encuentro de un grupo que empezaba a volver al liceo.

El reencuentro

El 8 de septiembre de 2017 se produjo el gran encuentro, ¿dónde se juntaron? Pregunto ilusamente, los tres responden al unísono: ¡En el Liceo de Hombres! Y así fue, en su alma máter, llegaron 63 personas de las generaciones del año 66’, 67’ y 68’, pero la organizadora fue la 67’, detalla Néstor.

Para ello, Luis Alberto se contactó con el rector Clemente Narciso Llanos, quien le contó al exalumno los problemas actuales que tenía el liceo y su baja matrícula. Preocupados, el grupo decidió aportar a su liceo con equipos para la sala del centro estudiantil, una placa recordatoria con la insignia del establecimiento educacional y donaciones de libros para la biblioteca.

“En aquella junta, además, se realizó una inscripción, ¡nos matriculamos de nuevo! A todos se nos dio un diploma”, dice Néstor, y Moisés agrega: “Muchos ya no tenemos ese diploma, pero Héctor lo tenía, así que junto a Ariel del Valle, compañero extraordinario para el dibujo, le pusimos los nombres, la firma del señor Narciso Tondreau y timbre”.

Después de esta actividad, se llevó a cabo la ceremonia en el gimnasio, entrega de galardones, obsequio a los profesores que contactaron antes del encuentro, entonaron a todo pulmón el himno del liceo, degustaron un cóctel en la biblioteca y, para finalizar, se reunieron en un restaurant chillanejo con música y hasta baile. Fueron dos días de encuentro.

Paralelamente, se realizaron charlas a los actuales alumnos del liceo, por ejemplo, “Tuto” Ávila, quien es físico y trabaja en la comisión de energía nuclear, expuso sobre su labor, como también Mario Garrido, ingeniero en matemáticas. Esto con el fin de demostrar a los escolares que sí se puede.

Respecto al encuentro, Héctor reflexiona: “La vida da distintas opciones, estos cursos tuvieron distintos destinos, pero a veces algunos llegan a cargos públicos importantes, que no pueden ‘mostrarse’ mucho, y nosotros tuvimos la presencia de un Ministro de la Corte Suprema, compañero nuestro, con la misma simpleza, tal cual era, ‘Juanito’ Fuentes”.

Algunos están cambiados físicamente, expresa Moisés, a lo que contesta Héctor: “Por fuera, porque por dentro no hay ningún cambio”.

Puestos vacíos

Sin embargo, en esta junta hubo puestos vacíos, se trata de aquellos que han partido a otra vida. Entre ellos, los entrevistados recuerdan a Alfredo Kries Saavedra, eterno enamorado de la profesora de francés, presidente del Centro de Estudiantes del liceo, ideólogo y dirigente político en la universidad.

“La mayoría le perdimos la pista después del Golpe Militar, muchas veces creí que había muerto. Años más tarde, recibo una llamada telefónica de una mujer y me dice que vaya a su casa porque alguien quiere verme, la sorpresa era Alfredo, nos fundimos en un abrazo profundo, porque para mí había resucitado mi amigo y para él fue encontrarse con uno de sus tiempos”, describe Héctor. Finalmente, Alfredo falleció en Concepción producto de una enfermedad.

Otro pupitre desocupado es el de Washington Cid, quien forma parte del listado de detenidos desaparecidos. Junto a su cónyuge, María Isabel Ortega, Washington fue detenido en la madrugada del 8 de diciembre de 1974, según precisa el sitio web Memoria Viva, por efectivos de la Dirección de Inteligencia Nacional que no exhibieron orden. María Isabel salió en libertad en 1975, pero nunca más volvió a ver a su esposo.

Sus compañeros del liceo lo recuerdan como un joven espectacular, con un encanto personal, muy ordenado, convencido que había que luchar por un mundo mejor, futbolista y también un gran ejecutante del acordeón, instrumento que hoy conserva su hijo. Su memoria sigue intacta entre las generaciones, junto a otros fallecidos de muerte natural como Aníbal Reyes, Ricardo Parra, Carlos Parada, Vicente Rodríguez, Miguel Reyes y Boris Rebolledo.

Liceo 67’

En 2018 volvieron a reunirse, llegaron alrededor de 30 personas. Pese a que las visitas no son constantes, continúan todos conectados a través de su grupo de WhatsApp llamado Liceo 67’. Además, tienen una base de datos con los correos electrónicos de cada uno.

En esta plataforma de mensajería instantánea, los amigos comparten todo tipo de conocimiento, diálogos que aprenden, debido a las diversas profesiones, comentarios triviales y también se discuten temas de contingencia. “Creo que este grupo ha contribuido a rellenar una parte de nuestras vidas, que muchos, de no haber sido por este fenómeno, la habríamos olvidado totalmente”, confiesa uno de ellos.

Los liceanos siguen convencidos de que la solución es educar a la población y el rol que debe jugar el Estado es irrenunciable, por tanto, aún apoyan a su querido liceo, generando estrategias para mejorar las matrículas y rendimiento escolar.

Adelante, siempre adelante, adelante

Durante la época que estudió Néstor, Héctor, Moisés y todos sus compañeros, la matrícula del Liceo de Hombres correspondía a más de 1500 alumnos, hoy el actual Liceo Narciso Tondreau tiene alrededor de 250 estudiantes: “Es la condición actual de los liceos públicos, ojalá se revirtiera para bien y llegáramos a eso otra vez”, confiesa Néstor.

La pregunta que se hace Moisés es enfática: “¿Qué paso con la educación humanística que impartía el Ministerio de Educación antes de la municipalización? ¿Cuál es la diferencia con los jóvenes de hoy, donde el liceo no capta más de 250 alumnos para un edificio de una manzana y en la última Prueba de Selección Universitaria el promedio no superó los 500 puntos?”, él, como liceano de corazón, sabe la respuesta.

Hay un peligro de fusión y pérdida de la tradición de un Liceo Centenario que produjo insignes profesionales señala Moisés, y por eso “la generación del 66’, 67’ y 68’ la denominamos generación dorada. Hemos emprendido una cruzada para apoyar al rector y ver si algo se puede hacer, recordando siempre las palabras de despedida al egresar el 67’: adelante, siempre adelante, adelante”.

Un grupo que, sin duda alguna, sigue vigente, convencidos de luchar para posicionar a su casa de estudios que los vio crecer y los volvió a recibir después de 50 años. Una generación que regresó al liceo, a sus recuerdos y que rompe con el paradigma de tiempo y edad.

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