Reportajes

¿Cómo educar las emociones de nuestros hijos?

Inteligencia emocional

Aprender a controlar los impulsos y saber identificar los sentimientos de los demás son dificultades que deben enfrentar los niños en sus primeros años. El ser apoyados por su familia en esta etapa será vital para el resto de su vida.

Todo aquel que ha tenido la posibilidad de compartir con niños, sabe que una de sus principales características es que son verdaderos “torbellinos” de emociones.

Pasan tan fácilmente de la risa al llanto, que en ocasiones los padres se sienten agobiados y creen que algo no está bien. Sin embargo, aquello que causa aflicción en los adultos es totalmente normal, puesto que los niños se encuentran en pleno proceso de aprendizaje de sus emociones.

Es en esa etapa donde juegan un rol fundamental los padres como “figuras de apego”, ya que serán los encargados de guiar a los niños en el correcto desarrollo de su “Inteligencia Emocional”, concepto popularizado por el psicólogo estadounidense Daniel Coleman, que hace referencia a la capacidad para reconocer los sentimientos propios y ajenos.

Así lo explica la psiquiatra de la infancia y adolescencia, Scarlett Aravena Cifuentes, quien dice que este tipo de inteligencia es “la capacidad para identificar, entender y manejar las emociones correctamente, de un modo que facilite las relaciones con los demás, la obtención de metas y objetivos, además del manejo del estrés ante una actividad o la superación de obstáculos en el quehacer diario”.

La especialista agrega que, en el caso de los niños, existen estudios que aseguran que la “Inteligencia Emocional” se puede ir “moldeando” a partir de los dos años.

“Las emociones se desarrollan a lo largo de toda la vida, pero hay estudios que nos dicen que desde los 2 años, ya es posible educar las emociones. Cuando los niños son pequeñitos, se les debe ayudar a expresar sus emociones con frases cortas, para que aprendan a identificarlas, ya cuando son más grandes, se puede empezar a razonar más con ellos, pero nunca en el momento de la pataleta o rabieta, sino cuando estén tranquilos y relajados, porque ese será el momento en que podremos explicarles la importancia de hablar, de comunicar los sentimientos y de decirles de qué forma los podemos expresar”, detalla la psiquiatra.

¿Cómo se desarrolla la inteligencia emocional?

Según detalla la especialista, este desarrollo se logra a través de la educación emocional, donde la interacción con sus padres o figuras de apego y cuidado es fundamental.

“Los niños desde pequeños deben aprender a identificar las emociones propias y también deben identificar las emociones que están experimentando los demás, con la finalidad de desarrollar la empatía. Deben encontrar el equilibrio necesario entre el saber qué es lo que me está pasando, qué estoy pensando, qué me está haciendo sentir de esa manera, todo para aprender a controlarse y autorregularse”, expresa.

Por eso la importancia de las figuras de apego en esta etapa: ellos deben ser los encargados de mostrarle la emoción al niño (a) y a la vez ser un ejemplo para ellos.

“Ante la negativa de un padre en comprar un juguete, un niño(a) puede hacer una ´pataleta`. En ese caso uno debiera explicarle, cuando ya el menor esté calmado, que lo que le pasó era porque estaba enojado y tenía rabia, cosa que pueda ir descubriendo sus emociones”, explica.

Todo lo anterior debe ir complementado con un buen actuar de los padres o figuras de apego, ya que ellos son la principal fuente de aprendizaje de los niños.

“El comportamiento del padre o madre siempre tiene que ir en concordancia con el comportamiento del niño. No podemos pedirle al niño que se regule, si ante un conflicto los padres o figuras de cuidado se desregulan y gritan”, puntualiza la profesional.

Proceso que toma tiempo

Por su parte, Antonio Ortega Manosalva, psicólogo y Magíster en psicología clínica, concuerda en lo fundamental del buen actuar de la figura de apego, añadiendo además que el educar la inteligencia emocional no es un proceso corto, sino que toma tiempo.

“La inteligencia emocional se desarrolla desde la más temprana infancia en relación con las personas que nos rodean, cuidan y entregan amor, pero es importante recordar que dicha habilidad constituye un proceso que toma tiempo y paciencia, y que va de la mano de la maduración neurológica que

acompaña a los niños y niñas. Se requiere que los adultos provean de experiencias significativas que `modelen´ las habilidades afectivas y desarrollen un apego seguro con los niños y niñas para afianzar la confianza”, argumenta.

Agrega que, por ejemplo, si un adulto es capaz de “calmar” a un niño cuando se encuentra alterado, le provee de experiencias en torno a que la calma es posible, evitando que las tensiones escalen, pudiendo ese menor desarrollar la capacidad de tranquilizarse de manera autónoma frente a los “estresores” que experimente en la vida futura, tanto en el colegio como en su vida personal.

“Para que los niños desarrollen la inteligencia emocional, los adultos debemos operar desde los afectos y favorecer, en los niños y en nosotros mismos, el aprendizaje respecto de identificar las emociones propias y las de los demás. Posteriormente valorizar las emociones como respuestas naturales de nuestro organismo”.

Bajo esta lógica, explica el psicólogo, no habría emociones malas, ya que incluso el enojo o la tristeza podrían prestar una utilidad si son adecuadamente gestionadas. Por lo mismo, asegura que hay que apoyar el aprendizaje del manejo de las emociones, que implica reconocerlas, sin negarlas, y descubrir las mejores maneras de expresarlas o administrarlas.

“Sentir una emoción es diferente que actuarla, por lo que frente a un estado afectivo determinado se pueden desarrollar diversas conductas para expresarlo, algunas de las cuales pueden ser más eficientes que otras. En mi experiencia profesional, he conocido personas que por no reconocer su derecho a experimentar emociones negativas, las niegan y ocultan. Sin embargo, con este estilo de funcionamiento, no logran gestionarlas adecuadamente y las acumulan generando un sufrimiento para ellos mismos y para los demás por medio de explosiones de ira que luego intentan remediar con solicitudes de perdón. Estos aspectos señalados constituyen algunos de los puntos a trabajar cuando se aborda el descontrol de impulsos tanto en niños como adultos”, aclara el especialista.

Al igual que lo planteado por la psiquiatra Aravena, Ortega pone hincapié en que es fundamental el actuar de las “figuras de apego”.

“Los niños aprenden más de los modelos que les brindamos que de los discursos que les damos. Es decir, padres, madres y educadores deben asumir que son un modelo para los niños y niñas, ya que su forma de interactuar les enseñará a los más pequeños cómo gestionar sus propias emociones, controlar sus impulsos, mostrar empatía, entre otros aspectos”, argumenta.

He ahí la importancia de lograr un buen vínculo entre adulto y niño, ya que sin esto el “modelaje” de la “Inteligencia Emocional” estará siempre incompleto, señala el experto.

“Esto implica ser un adulto que reconoce las necesidades y las emociones de sus hijos e hijas, que muestra sensibilidad a estas y le da un espacio de relevancia a los afectos dentro de la vida familiar. Por ejemplo, atender al agotamiento de los niños frente a las tareas escolares, o frente al estrés del exitismo imperante en nuestra sociedad actual”, expone Ortega.

Lidiar con las emociones

Jessica Acuña es madre de dos niños, uno de 9 años y una pequeña de dos. Su vida la define como “hermosamente caótica” porque día a día experimenta las emociones de sus dos hijos, que están en etapas completamente distintas.

“Con ambos han sido experiencias completamente diferentes, tanto por la personalidad de cada uno, como por el ambiente en el que tuve a ambos. En el caso de mi hijo mayor, él tiene Asperger y me ha costado bastante que pueda distinguir sentimientos propios y de otra persona y que no se muestre indiferente ante ello, no así con la pequeña que desborda emociones y parece entender bien cuando uno le explica la pena, enojo, alegría, etc.”, explica Jessica.

Agrega que en el caso de su hijo mayor, él se desborda en llanto ante la rabia, pena, frustración y demás. “Llora mucho y varias veces se descontrola y grita porque no sabe cómo expresar lo que siente. Entiende razones pero no logra identificar qué emoción es la que está sintiendo y mi hija actúa igual debido a su corta edad”.

En un episodio normal de llanto, Jessica deja que sus hijos “saquen” su p

ena, que griten y lloren porque siente que es necesario.

“Siento vital poder sacar eso que tanto nos apena, la frase `no llores, no tengas pena´ la encuentro absurda. Si tienes pena, ¿por qué te dicen que no la tengas?, no tiene sentido. Si quieres llorar hazlo. Cuando a mis hijos les pasa eso, les ofrezco un abrazo, si quieren los contengo, si no, los dejo solos, pero siempre observándolos, la mayoría de las veces aceptan. Cuando la pena pasa, les explico que entiendo su rabia, pero que también hay que saber cómo llevarla y superarla”, indica.

“Creo que es muy importante la contención. Yo hablo desde la experiencia porque en mi caso, yo podía llorar, gritar, tirar las sillas y nadie me decía nada, como si no importara lo que me pasaba. Así aprendes a ocultar tu pena y a no contar con la gente cercana. No quiero que mis hijos sientan que anulo sus sentimientos o que no son importantes, uno siempre los debe escuchar, aunque no sea para nosotros algo importante, porque para ellos sí lo es y si no estás para escuchar sus historias desde pequeños no van a contar contigo cuando sean grandes”.

Inteligencia emocional y adultez

Los seres humanos somos por esencia “seres emocionales” que muchas veces tomamos decisiones basadas en nuestros sentimientos y experiencias.

Según explica el psicólogo Ortega, especialistas aseguran que el negar esa emocionalidad devendría en un estado de mayor sufrimiento porque la naturaleza del hombre es el amor, y que, fruto de la desconfianza, cae en el deseo de control y pierde de esa manera esa emoción fundamental, con la consecuente implicancia para la salud mental y los proyectos personales.

“Con un buen desarrollo de la Inteligencia Emocional lograríamos ayudar a los niños y niñas a constituirse en personas más plenas y satisfechas, que logren desarrollar su potencial de manera más integral y proyectarse al futuro de manera más responsable y feliz. Se lograrían mayores niveles de autocontrol y capacidad de perseverancia frente a los desafíos de la vida personal, académica y laboral, entre otras. Estaríamos así contribuyendo a construir una sociedad más colaborativa, más dispuesta a buscar soluciones compartidas frente a los desacuerdos, en vez de intentar ganar siempre, o sacar la mayor ventaja posible”, agrega.

Esto es reafirmado por el neurólogo Rodrigo Avendaño, quien asegura que el buen desarrollo de la “Inteligencia Emocional” en la niñez permitirá en la adultez adaptarse con mayor facilidad y menor nivel de estrés a cambios relevantes, como independizarse de los padres o iniciar una vida en pareja, un nuevo trabajo, la pérdida de un familiar querido, una mudanza, etc.

“El adulto es por esencia conservador, y le cuesta aceptar los cambios que no son graduales, sobre todo si hay riesgos ciertos. En este sentido, la Inteligencia Emocional nos permite desarrollar un enfoque más optimista del escenario futuro y estar consciente de nuestras emociones negativas, como el miedo, la angustia o la rabia, y de esta forma impedir que ellas nos paralicen”, señala Avendaño.

El neurólogo sostiene además que “la inteligencia emocional permite motivarnos a nosotros mismos y a nuestros compañeros de trabajo o familiares para controlar los impulsos ante conflictos o situaciones frustrantes, y desarrollar la capacidad de empatizar y confiar en los demás, lo que aumenta el capital social de un determinado colectivo humano. En otras palabras, facilita el trabajo en equipo y el logro de los objetivos comunes, así como evita las respuestas agresivas que puedan dañar a los otros”, concluye.

Inteligencia emocional y sus características

Identificar a las personas que han logrado un buen desarrollo de su “Inteligencia Emocional” no es complicado, ya que presentan una serie de características como por ejemplo:

  • Control: Son capaces de reconocer y de manejar sus emociones, incluyendo las que pueden ser de tipo negativo.
  • Empatía: Tienen mayor capacidad de relación con los demás, porque cuentan con la ventaja de que consiguen entenderlos al ponerse en sus posiciones.
  • Autoconfianza: De esta manera, logran utilizar las críticas como algo positivo, ya que las analizan y aprenden de ellas. No necesitan ir demostrando lo valiosos que son porque ya lo saben.
  • Felicidad: Por tener esa inteligencia emocional y saber encauzar convenientemente las emociones negativas tienen mayor capacidad para ser felices.

Resiliencia y perseverancia: Cuentan con las cualidades necesarias para hacer frente a las adversidades y contratiempos.

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