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Tiempo de identidades

Rodrigo Dinamarca
Rodrigo Dinamarca

En lo institucional, logramos el marco ejecutivo de nuestra entidad. Somos la Región de Ñuble. Pero eso no basta. Por lo demás, nuestra identidad histórica es de tal magnitud que, quién sabe, no habríamos tenido necesidad de ser región para manifestarla a Chile y el mundo. Somos, en la esencia, la tierra que cobijó a quienes hicieron historia.

En efecto, los países están dotados de tierra, (O’Higgins), mar, (Prat), espacio aéreo, (Merino Benítez), todos de aquí, de nuestra región. Ahora, vamos en demanda de otras identidades. Hoy nos congrega una de ellas, quien sabe si la más tradicional, el Valle del Itata, o Cuenca del Itata, o simplemente el Itata, así, sin apellidos, sin adjetivos, tampoco accidentes geográficos. En realidad, nos convoca el Itata y en su entorno, comunas, villas y caseríos. Y en su cuenca del oeste, viñas, antiguos parronales, uva país y otras variedades que enfrentan un mundo desconocido para ellas y para quienes las cuidan y protegen. Es un lugar de tradición pero de vida más bien dramática. Sus habitantes añoran aquellos años en que se construyeron bodegas enormes, casas extendidas en lomas de alturas, vegetales diversos.

Llegó el volumen, el mundo se abrió desmesuradamente y tragó todo o casi todo, de lo que estuvo en su mira, incluyendo el Itata. Ahora, llegamos, en una suma de objetivos definidos, a un punto esencial: ¡superarnos!

¿Y por qué la identidad?

Porque ya lo dijimos, en lo institucional, tenemos una identidad: Región de Ñuble y porque la totalidad de los productos del Valle del Itata, en otras tierras, se hicieron fuertes, solo con identidades: En Chile, el Pisco; en Francia, Cabernet, Champagne, otros. Entonces, hay experiencias y eso lo vamos aprovechar.

Identidad vitivinícola

Tenemos un problema. El mundo, es de los volúmenes y también de marcas. Una y otra, hoy, son inseparables. Para lograr tal éxito, volúmenes y marcas, se unieron en torno a grandes corporaciones, con sus pies en todos los continentes. Fueron pertinaces, fríos y decididos. Cerraron puertas adecuadamente para no diluirse en guerras comerciales menores. Y triunfaron. 30 años, sin parar. Hoy el mundo los recibe y todos están felices, marcas y consumidores. Financian ligas deportivas mundiales. El “Metula”, otrora el gran estanque naviero de 200.000 toneladas, lo repletaron de vino para desembarcarlo en Asia, Europa y América del Norte.

Entre medio de todo esto, se encuentra, Itata. En el mercado chileno, confundido con este episodio comercial mundial, hay otra realidad. Los impuestos al vino, nos destruyen. Vendemos en silencio, escondidos del SAG. Y nuestras aguas ardientes, exquisitas, viajan en la oscuridad. Si lo hacen de día, son tanto los impuestos que hay que cancelar, que simplemente nos morimos en el intento. Más al norte, un área protegida en los márgenes de otro río, el Limarí. Ahí nace otra agua ardiente, como la nuestra, pero se les permite llevar la nominación de Pisco. La identidad zonal la llevaron a extremos tales, que prácticamente permitieron en materia licorera, dos Chiles, distintos uno de otro. Ellos, pueden identificarse, nosotros no. ¿Por qué esa marginación? Porque una ley así lo dispuso y punto.

Pero, ya lo dijimos, la marca en el vino indica ese mágico encuentro de aquel líquido alcohólico y el consumidor. Nada lo identifica en su elaboración. A lo más en su etiqueta, dirá la variedad de uva que dio origen a ese vino embotellado. Pero nada más. Al revés de todos los líquidos de consumo que en su etiqueta dice: “Ingredientes”. En el vino nada. Solo su origen y nada más. Es respetar a la más antigua bebida procesada por el ser humano.

Pero, lo anterior, hermoso y melancólico, no resuelve el futuro del Itata. Ni menos lo fortalece en el volumen mundial ni en las marcas universales. Entonces, vamos por parte. Nos preguntamos, ¿Tiene Chile una institucionalidad que nos aliente, encauce, apoye? No. ¿Y por qué el Limarí sí y el Itata no? Por nada, solo una ley. ¿Podemos administrar volumen? Difícil. Se requiere mucha unidad y el agricultor, viñatero, de nuestra tierra, es exactamente lo contrario: solitario, ajeno al resto. Hay una  historia conocida: Todas las cooperativas quebraron….

Rodrigo Dinamarca

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