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Padres cercanos y confiables: Una base segura para la autonomía y la exploración infantil

Dra. Rosario Spencer Contreras - Doctora en Psicología

Actualmente, es posible leer en distintos medios lo importante que es para niños y niñas, desde la temprana infancia, construir una relación segura y cercana (física y emocionalmente) con sus padres o cuidadores principales. La experiencia cotidiana de una relación de este tipo tendría un impacto en la salud mental y bienestar del niño, a corto, mediano y largo plazo.

Diversas investigaciones han evidenciado que contar con cuidadores cercanos, sensibles, atentos, responsivos y confiables, sentaría las bases para el desarrollo social y emocional de las personas, ya que a través de esta relación, el niño aprende a reconocer sus emociones y necesidades, a manifestarlas y a confiar en que los otros son capaces de responder a ellas. El niño aprende que él, sus pensamientos, emociones e iniciativas, son tan importantes que logran movilizar al adulto que lo cuida. Sin embargo, ¿cómo llevar esto a la práctica parental cotidiana? Desde la psicología del desarrollo, existen orientaciones claras para el ejercicio de la parentalidad, aportando elementos concretos que favorecen la calidad de la relación cuidador-niño. Dentro de ellas, destaca el acompañar al niño, ver sus necesidades y satisfacerlas, escuchar sus inquietudes, poner en palabras lo que está sintiendo para comprender y regular la intensidad de sus sentimientos, acoger sus dolores, reforzar sus logros y sus esfuerzos, compartir sus intereses, tolerar sus equivocaciones, darle la oportunidad de aprender de sus errores, establecer límites claros que aseguren su protección, fomentar su curiosidad y capacidad de asombro, omitiendo recurrir al maltrato, en cualquiera de sus formas, como estrategia de crianza infantil. Implica el estar disponibles y asequibles al niño, para que pueda recurrir al adulto tantas veces como sea necesario, sobre todo durante los primeros años de edad. Algunas personas podrían creer que el ejercicio de la parentalidad de este tipo impide el desarrollo de la autonomía e independencia, tan valoradas socialmente, pero esta creencia no es correcta. Recordemos que estamos hablando de sentar bases en las etapas iniciales del desarrollo, los primeros años de la vida, en los cuales el ser humano es un ser dependiente y requiere del cuidado de otros. Cierto es que durante esta etapa inicial, el niño va aprendiendo a hacer muchas cosas solo (desde alimentarse a resolver problemas con sus pares, por ejemplo), pero esto es un aprendizaje posterior al logro de una base segura, sostenida en la calidad de las relaciones iniciales con los cuidadores. Una base que permita al niño, desde la seguridad en sí mismo y la confianza en los otros, estar tranquilo para alejarse, aprender, explorar, compartir, ir más allá de lo conocido, creer en sí mismo y, así, lograr la autonomía (acorde a su edad). Es este balance entre la búsqueda de seguridad en los cuidadores ante situaciones difíciles y el alejarse de los mismos una vez satisfecha la necesidad de seguridad, el equilibrio necesario para favorecer el desarrollo. Fomentar la autonomía en los niños requiere de un primer paso en el cual el niño sienta que la relación con sus cuidadores es incondicional, solo así podrá atreverse a ir más allá, a hacer cosas solo, sin temor a equivocarse, confiando en sus capacidades. De ahí la importancia de contar con cuidadores que respondan a lo que el niño necesita, tanto cuando necesita seguridad, como cuando necesita libertad para explorar y ejercitar sus habilidades, cuando necesita que confíen en él, en que puede hacer las cosas y hacerlas bien.

Dra. Rosario Spencer Contreras
Doctora en Psicología,
Universidad Toulouse 2-Le Mirail, Francia
Académica Facultad de Psicología
Universidad de Talca

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